Parques Itinerantes

Periódico La Nación
Carlos Cortés
18/02/96

Rodolfo Stanley pinta lo que ve y, lo que es aún mas difícil, nos hace ver, o imaginar, lo que ve.
Su obra estalla, vibra, hormiguea en busca de un movimiento dentro de su frágil estatismo. Es un sutil zigzag entre la ilusión del diseño y la omnispresencia del color. Sus formas, aéreas y enrarecidas, volátiles y abigarradas a la vez, se filtran en una gasa empapada de colorido hasta saltarnos a los ojos.
Como en una película que reacciona ante el ácido de una pasión desbordada, los olores entran en acción, vibran en esa urgencia preciosista que ha tenido su pintura previamente preparados.
Su pintura es la ritualización de la vida y del arte mezclados. El ciclo, el rito, el mito que nos salva de la muerte. Su pintura no es tanto un espacio como una vibración en el aire inmóvil- móvil de la tela, que nunca es blanco. Detenida, reposada agitación que, en el cuadro, es necesariamente dimensión y perspectiva: ¿qué de todo aquello retenemos?
Retenemos esa irradiación total del color. Su ciclo de los parque alcanza un raro equilibrio, ente la saturación y la transparencia. Vemos a la vez la materia en suspensión, en esa inestabilidad, en esa vacilación de los volúmenes donde registramos la forma, el arquetipo, la sombra del mundo, el dibujo del cosmos. El tiempo no pasa en los cuadros de Stanley.
Retenemos el color y, en su agua casi táctil, una serie de impresiones: un carrusel – la vida, un carnaval, la fiesta, una orgía, un baile de mascaras, akelarre, juegos, parejas que se (des)hacen/(re)haciendo(se) el amor - ¿hacemos el amor, o el amor nos hace?, pregunta Cortázar-.

Certeza escurridiza

Stanley ve una materialidad fugándose, una certeza escurridiza por el paso del tiempo. Quizá por eso ha ¨convocado¨ los parques – como quien proclama la abolición del tiempo- como elemento estructurador de su mas reciente ciclo pictórico: esos parques donde la noche es casi perenne, en los que nada ocurre y, a fuerza de invocar la repetición de los actos humanos, todo sucede.
En el parque comienza y acaba la vida: campo urbano, naturaleza artificial en la que los niños empiezan a jugar y los ancianos pierden la memoria. Puente, transito ,túnel al descampado entre la ciudad y otra; limite que en lugar de separar, une. Lugar de comienzos, de sacrificios, de juegos, de secretos, de descubrimientos. El verdadero parque siempre esta dentro de nosotros mismos.
Su pintura tiene la cualidad de ser ligera, las figuras levitan en su propia tinta espacial, en su inaprensible mestizaje plástico, sin posible desarticulación, como fragmentos a su imán. Es este encadenamiento de flujos y apariencias lo que crea ¨la ceremonia¨, la puesta en escena de su creación.
Obra profundamente nocturna, lunar, erótica, en la cual las niñas son viejas, las mujeres muñecas o, las santas son putas o las putas... santas.
Creación religiosa y sacrílega a la vez, onírica y realista, ingenua y perversa, sensual y grotesca, donde las cosas están bañadas por una luminosidad suspensa que las aclara y también las difumina.
Pinta lo que ve y nos hace ver lo que pinta: un mundo de siluetas y apariencias, de máscaras descuartizados, de maquillajes de medianoche que ocultan un cadáver exquisito, una armadura demasiado humana. ¿Qué hay detrás del gesto, que hay más allá del color?, pregunta Stanley. Sin respuesta directa, sin embargo, el artista retrata aquel suspiro muerto que queda pegado contra el vidrio instantáneo de nuestra mirada.
En la oscilante mirada humana, el artista ha descubierto la eternidad que huye, la infinita multiplicación de los espacios que ocultan la negación de espacio. Pinta el color es también pintar el vacío. ¨Ser es la razón para dejar de ser¨, dice el imaginario y real portugués Ricardo Reis.



La fascinante noche de Stanley

Periódico La Nación
Crítica de arte
Juan Bernal Ponce
23/11/99

La noche estaba bien avanzada cuando Rodolfo Stanley entró en el salón. El aire estaba lleno de rocola y humo, las figuras se desplazaban al ritmo de la seducción y el sexo. El pintor saco disimuladamente su libreta y anoto algunos contornos y siluetas con trazos rápidos ; lo demás, lo guardo en su esponjosa memoria. Así pudo pintar luego en su taller esta Serie La Noche, que mas que un reportaje al bajo mundo, es un descenso a los infiernos¨a la manera de los románticos.
Esta muestra es una intensa visita al contramundo de las pasiones sesgadas y el amor a pagos, un testimonio de la angustia alcohólica seguida del apareamiento y la resaca, pero toda la iniquidad emerge artísticamente de las telas, con colores finos y una tierna textura, untosa y gruesa, que deja entrever el elocuente dibujo bajo capas y capas de leve pigmento.
El artista ejerce una observación aguda de las facciones iluminadas con focos estentóreos y contrastes violentos de sombras, se fascina por el detalle finamente descrito: cierta botella verdemusgo con su brillos lívidos, colillas por docenas baja la cama ese perro infame que husmea los residuos de la bacanal.
La augusta presencia de la vieja rokola, abirragada cual corbeta musical hecha de contradictorios materiales domina el ambiente mientras una ¨striptisera¨ desnuda carnes abundantes en primer plano, determinando una vertical canónica que se erige en dictadora de una composición cercana a la sección áurea.
Otro cuarto es escenario de concursos extraños, competencia de posaderas gastadas ante una concurrencia varonil jocosa que aparece en contraluz violenta, en resplandor pálido muy ämighetiano, un enceguecedor estallido blanco que recorta siluetas contorsionadas.
En todo eso hay un inmenso cúmulo de observación y un elaborado proceso en el que se escogen y rechazan las sugerencias crudas para darse luego a la tarea de concebir combinatorias acertadas y fecundas, seguidas del rito de trazar la trama dibujística de la tela, de contraponer masas y de configurar las coreografías con las actitudes y los gestos: cierta cadera masculina muy quebrada, el rictus de una mano, los ojos vidriosos de trasnochada.
No es poco merito no repetirse, entregarnos un muestrario completo de escenas y composiciones novedosas, encuadres cinematográficos recortados cuidadosamente. Mucho oficio de diseñador ayuda a dominar una realidad espesa y abundante que puede escaparse de las manos desparramándose para perder su capacidad de impacto, convirtiéndose en jolgorio lejano al arte, en manoseo fútil.
Por el contrario, el artista Stanley nos enseña su saber hacer, no solo saber ver, así logra una obra dotada de altos valores emotivos estéticos. Su colección homenaje a la noche no solo marca un giro en su carrera, sino que reafirma su posición relevante en el panorama plástico actual .



Miercoles 14 de julio del 2004
Aurelio Horta
Crítico de Arte del Periódico La Nación

Rodolfo Stanley

"Movimientos de vida"

La capacidad sensible, eso que llamamos cultura estética, se amplía en la medida que se globaliza más nuestra experiencia. Desde la caminata espacial hasta la comunicación interpersonal audiovisual, sin menoscabo de tiempo y espacio y diferentes, la cualificación de los sentidos compromete cada vez más al orden artístico.
El placer en la concomitancia global implica, por supuesto, una (des)colocación de este orden que, entre otras razones, resuelve muchas de las limitantes que los cultismos no pudieron explicar desde la recepción del arte. Rodolfo Stanley, lo sabe, por eso salva ante todo el movimiento, que es la misma vida, pues en medio de cualquier desorden, esta es una condición filosófica primera. En la historiografía del arte, el movimiento siempre es un gran desafío, de ahí que desde los bisontes prehistóricos, la actitud y el trato espacial hayan guardado la clave de la expresión; dos aspectos que parecen fluir sin menor complicación de la mano del artista.
La sensibilidad del baile igual se siente en El Tobogán que en lo salones de cualquier Center Club, por lo que podría hablarse de ese costado sociológico de la representación, en el que las escenas recrean diferentes tipos de salones, traspasando así cualquier localismo. El gusto recrea el apetito del deseo, y , más tarde, la posibilidad de poseer.
En las primeras manifestaciones de la danza relacionadas con las tareas agrícolas, el movimiento exigía una calidad, porque en su profundidad y franqueza obtenía el fruto.
El baile popular no renunció nunca a esa máxima; Stanley explaya el concepto con furor barroquista, estrategia impresionista, y rotundo sentimiento romántico, ese infinito del latinoamericano. Y es que la autonomía del gusto articula también una comunidad que la experiencia del baile en esta pintura instala en un bosque de símbolos refractarios de una dimensión cultural; lo meramente artístico exterioriza la fuerza del dibujo, quizá la mayor prueba de que los temas son un atributo más de la obra de arte, este se define realmente en la resolución con otros valores cognoscitivos: color,perspectiva, representación, y algunos más. Stanley saca partido del valor del movimiento. Si en el primero este se dispone, aquí se consumó el ambiente. En algunos cuadros, el color pudo cocinarse más, pero, por encima de esto, su silueteo ex profeso de los volúmenes rescata la esencialidad de un ritmo espacial, y la ganancia de un detalle en las inteligentes impresiciones de los objetos, y en las facultativas pretensiones de los cuerpos y las expresiones.
Apuntar hacia algunas obras sería como recordar solo algunas piezas del baile, y se trata de todo lo contrario. Baile caliente, La Olla del Viernes, o Leda y Rodolfo son momentos, según el bolero, para no olvidar, pero Giros de la noche, o Muévelo llegan a cualquier salón con propiedad, ya que el goce de la pintura y de cualquier arte está en su fidelidad creativa. Si en algún momento este concilia o responde a preocupaciones o desilusiones sociales, justo es para salvar la vida. El público conoce muy bien eso, y lo agradece.



Efraím Hernández
Periódico La Nación
Julio 04 del 2004

En Bailongos, Rodolfo Stanley presenta un conjunto de piezas de carácter figurativo que traducen la visión del autor de una experiencia de observación en el interior de la cultura popular.
Conocido por una pintura que revela un agudo sentido de lo sensual y lo erótico en distintas series a lo largo de su carrera, Rodolfo Stanley nos ofrece ahora una ¨ficción¨ que estructura de una especie de ¨puesta en escena¨ en la que hinche los lienzos de deseo y retórica de seducción, motivo que el pintor aborda desde la perspectiva de cierto humor mordaz.
Después del conjunto de obras estructuradas en torno a la metáfora de los parques, Stanley explora hoy nuevos espacios teatrales con una figuración más ¨realista¨que se introduce en los intersticios de la noche, para recoger un puñado de personajes que nos enfrentan con las oscuras fronteras del deseo y lo prohibido.
La actitud inicial del pintor frente a estos motivos, se mantuvo objetiva en su primera producción, hoy, esta deviene en una cierta afectividad en el novel conjunto de obras interesadas en otros aspectos de la vida nocturno josefina.
La serie Bailongos se acerca a un elemento medular de la cultura costarricense, el gusto por el baile y la cadencia sensual de los ritmos, vehículos de seducciones y traductores del deseo.
El escenario se transforma y el ritual de los protagonistas continúa. Armado con sus pinceles, Stanley se instala en las salas y salones de baile del área metropolitana, y reconstruye desde esos espacios de diversión, los giros, los abrazos, el contoneo y el vértigo de las cadencias en telas que exudan la avidez de los cuerpos entregados al ritmo.
Los recursos cromáticos combinan una estructura de color que proyecta atmósferas sugerentes y se detiene en ¨comentarios¨ pictóricos, giros tensos justificados en cierta emotividad en el tratamiento del tema y en la acción representada.
En estas telas, los aspectos técnicos muestran el dominio del color característico de la pintura culta y la incursión en el estudio cromático de atmósferas que incorporan el sentido popular del uso del color.
Por otra parte, Stanley consigue una sensación vibrante que sugiere a manera de símil, la iluminación los ritmos propios de estos espacios para la danza. El baile como ritual de cortejo y seducción, bailar por la pasión misma del movimiento, constituye un componente esencial de la cultura nacional. La ciudad se embriaga, noche tras noche con melodías que seducen los cuerpos y los llevan a oficiar el ritual interminable del baile, esa peculiar manera de comunicar y expresar lo erótico y lo sensual.
Los personajes de Stanley habitan con desenfado los espacios de la noche, arrebatados por la música, intensificando la presencia del cuerpo, la fuerza del deseo, la avidez del contacto físico, la embriagues de la entrega y en algunas ocasiones, la violencia de la noche.
En esta nueva serie de pinturas, Rodolfo Stanley observa y explora un mundo cuyas dimensiones juzga y a la vez fomenta una sociedad con valores duales.
El tema, delicado por la ineludible dimensión social que posee, alcanza en manos del pintor, un equilibrio entre la descripción, el drama y lo pictórico.



Mirarte se complace en presentar la nueva técnica mixta de Rodolfo Stanley: Impresiones Intervenidas, a un precio muy accesible.

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